jueves, 11 de julio de 2013

Teseracto

Xavi estaba sentado en un muro. Justo enfrente, al otro lado de la calle, estaba el portal de su casa. Bernat lo encontró cabizbajo.
Después de saludarse, le preguntó si le pasaba algo.
— Es que te veo apagado – se explicó.
— Realmente no sé por qué estoy aquí, he quedado con Jaume y llego tarde ya.
— ¿Qué te pasa? Dime.
— Yolanda me ha dejado.
— ¿Y eso por qué?
— No me ha dicho nada claro, la verdad.
— ¿Y entonces?
Hubo una pausa, Xavi no sabía responder, estaba claro que el futuro se presentaba como una incógnita angustiante.
Bernat prometió ayudar, tenía una cierta ansia de vivir una aventura y esta parecía la oportunidad concreta perfecta. Xavi no lo detuvo, de algún modo, aunque con un aura de pesimismo, había depositado en él sus esperanzas de una solución.
El encuentro entre los amigos fue breve, cada uno partió en dirección opuesta al otro.
Xavi fue a ver a Jaume, entró en su casa y luego en su habitación, donde moraba la mayor parte del tiempo, frente a la pantalla de su ordenador.
A toda palabra de Xavi, el otro respondía con monosílabos o incluso con gruñidos. No le gustaba hablar demasiado. Tampoco pareció sorprenderse de la ruptura tal cual se lo contó Xavi.
— Y me dijo algo así como que debíamos seguir por nuestra propia cuenta porque ella no sentía por mí la dependencia que yo sentía por ella. Dependencia. Es decir, que estaba conmigo pero no quería cuidar de mí como yo lo hacía con ella. Aunque realmente creo que lo que buscaba era que yo la agobiara menos. Pero me lo podría haber dicho, habría cambiado, no habría estado tan encima de ella si eso era lo que quería… — Xavi hablaba empleando un pasado absolutamente inamovible sin darse cuenta.
Luego de desahogarse, se fue.
Poco rato después llegó Bernat a casa de Jaume, entró en la habitación y se sentó en la cama.
— Vengo de casa de Yolanda, he estado ahí para hablar con ella, pero nadie me ha abierto. Ella y Xavi lo han dejado, y quería hablar con ella y saber qué motivos tenía, le dije a Xavi que intentaría ayudar. Bueno, pero que no he podido hablar con ella, no tendrás tú su número…
— No – El monosílabo quedó en el aire suspendido, hubo una pausa antes de que Bernat volviera a intentar hablar, le invadía un gran entusiasmo, no se sentía vencido en absoluto por el primer obstáculo que se había encontrado.
— ¿Y tú por qué crees que lo han dejado? Puede que no fuera aún una relación formalizada, pero llevaban ya un tiempo. Ella antes no duraba tanto con los tíos, y además Xavi se mostraba bastante optimista cuando se le preguntaba al respecto.
Jaume no dijo nada.
— ¿Me ayudarás a contactar con ella? Le dije a Xavi que lo ayudaría o que lo intentaría al menos. ¿Tienes el número de su amiga… Mónica?
— No.
— Antes hablabas bastante con ella, ¿no?
— No tengo su número, no sé, hablábamos más, pero no le intereso demasiado.
Una vez habían ido a casa de Mónica. Bernat decidió ir directamente, sin llamar. Era poco probable que tuviera tan poca suerte que no la encontrara, eso ya le había  pasado hoy.
Y sí, ella estaba. Le abrió y lo invitó a pasar.
— Sí que tiene mi número, creo… pero no te lo habrá dado porque le caigo mal – dijo Mónica al respecto de Jaume. Luego habló de la ruptura: — No sé realmente por qué lo habrá dejado, pero tampoco quiero meterme, ella es así de impulsiva a veces, muchas veces.
— ¿Me podrías dar su número a ver si puedo hablar con ella?
— Claro, pero ahora está en su casa, he hablado con ella hace nada.
— Vale, perfecto. ¡Muchas gracias!
Bernat se puso en marcha hacia casa de Yolanda. Ella estaba en su desordenada habitación, en pijama aún. No quiso levantarse cuando picaron antes. Pero luego lo hizo para desayunar. Antes de que Bernat llegara, sonó el teléfono, era Mónica.
— ¿Viene Bernat a que le explique por qué lo he dejado con Xavi? No pienso decirle nada. No. Tampoco me convencerá de nada, Xavi es todo tuyo, en serio.

“Y luego, al día siguiente, me encontré con Aida y con Joan. Hablamos un rato sobre ello porque yo estaba maldiciendo el día en que quise vivir una aventura de bondad. Y claro, con lo que ellos conocen a todos esos, entendí mejor lo que había pasado: nadie quería estar con el otro. Xavi quería a Yolanda, pero la muy zorra quería añadir a Jaume a su colección personal; Jaume estaba enamorado en secreto de Mónica (de ahí su supuesta hostilidad, una estúpida pose); pero a ella le interesaba Xavi por su bondad y su efusividad. Un puto problema sin solución”, le explicaba Bernat a Iris en el parque, con ese tono de voz que se suele usar cuando se intenta restarle importancia a un tema que nos ha incordiado sobremanera, una especie de ironía que denota nuestra real frustración. A la sombra de un árbol estaban. Esperaban a Aida y a Joan, habían quedado para pasar la tarde allí.
No tardaron demasiado en llegar, o quizá sí, pero el rato fue fácil de pasar, Iris y Bernat conseguían mantener buenas conversaciones sin demasiado esfuerzo. De hecho, ella empezó a observar que a él le costaba bastante poco explicar sus ideas una vez la barrera de la confianza había sido superada. Bernat hablaba con bastante soltura sobre la sociedad del momento, tenía una visión ciertamente pesimista, porque parecía sentirse obligado a formar parte de algo que no le hacía gracia. En sus propias palabras, no se puede huir de la sociedad, y es horrible pensar que no sólo tenemos que vivir con todas las atrocidades que cometemos a diario, sino que toda la crueldad inspira en parte nuestra forma de ver el mundo. Un optimista consumado, sin duda. Iris pensó que era una especie de pensador utópico frustrado, pero le pareció interesante las relaciones que establecía entre cualquier hecho y nuestro propio comportamiento, como por ejemplo la paupérrima capacidad de concentración que ella tenía, probablemente a causa de nunca jamás centrarse en ninguna actividad y pasar gran parte del día leyendo demasiadas páginas web a la vez mientras hacía trabajos para la universidad o mientras hablaba con amigos que no vería hasta el fin de semana. Incluso jugaba a la vez que estudiaba y escribía a la vez que se documentaba para trabajos de investigación y cocinaba.
Cuando llegaron los otros, se pusieron a jugar a cartas encima de una manta, como si se tratara de un picnic idílico, pero la manta no tenía cuadros rojos y blancos (ni tampoco había una cesta de mimbre con bocadillos) sino que era una vieja cortina granate bastante desteñida y con diversos agujeros producto de cigarrillos en manos poco cuidadosas. En un momento, cuando a Iris le quedaba bien poco para ganar la partida, se acercó una persona al grupo. Era un chico que quería fuego. Iris se lo dio y él agradeció sentidamente el préstamo, dijo que ya casi no quedaba gente que prestara cosas con lo caro que estaba todo. Cuando habló así de solemne Iris lo miró y reconoció entonces al chico que le había dejado el asiento en el tren. No estaba segura de si él la había reconocido a ella o no, pero ella no lo había olvidado. Bueno, tampoco había pasado tanto tiempo, una semana a lo sumo. Cosme, que así se llamaba, sonrió, pero tampoco hizo ningún signo de reconocimiento. Más adelante Iris supo que sí la había reconocido y que, pese a que había sido casualidad el que se encontraran por segunda vez (una casualidad más casual que la primera, puesto que la probabilidad era menor), él veía aquel momento como una especie de señal de un dios burlón, pero que nadie no podía dejar de aprovechar del todo. Pero en el momento nadie de los presentes podría haber dicho que se había aprovechado la ocasión para que algo extraordinario sucediera, porque no sucedió nada más que el viaje de un mechero de unas manos a otras y de vuelta a las primeras. El desconocido se fue e Iris ganó aquella partida.

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